Hubo una época en que el mundo amateur y el mundo profesional de la fotografía se tocaban en una palabra breve y concisa, en un color amarillo: Kodak.
Fue sinónimo de masividad en productos fotográficos y no hubo un rincón del planeta donde alguien que oprimiera un disparador no hubiera pasado por la experiencia Kodak.
Desde aquel cajoncito humilde que ni siquiera se parecía a una cámara de fotos, y el slogan “Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto” hasta las ultimas y confiables emulsiones profesionales, Kodak supo diversificar la oferta de productos hasta hacerla penetrar en todos los recovecos de la afición y la profesión fotográfica.
Pero la ágil cintura comercial de la firma de Rochester no supo acomodarse al tsunami de la tecnología digital. Tras un incipiente intento de desarrollar equipos profesionales al inicio de la era del byte, basándose en un cuerpo de Nikon F5, la idea no prendió y mientras sus competidores avanzaban desarollando modelos con tecnología propia, Kodak fue retirándose poco a poco del ...
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